Desde un futuro, el presente, en pasado.

Barcelona, Febrero del 2017.

Ese año había empezado muy bien, teníamos muchas ganas de de hacer cosas creativas desde el amor.  Ya nos estábamos acostumbrando un poco al ritmo de la ciudad, yo creo que Alex amaba esa ciudad que lo vió crecer, yo todavía tenía mis dudas, pero no negaré que ha sido cuna de mucho talento, y eso me inspiraba a quedarme siempre un tiempito más, y más en aquellas épocas, en donde vivíamos de una manera muy interesante, no pagamos el alquiler de la casa de Maignon, nos habían prestado un auto mis suegros, no teníamos ingresos por meses, pero confiábamos que tanta creatividad algún día nos daría sus frutos.

No solo teníamos suerte, estábamos bendecidos, los días transcurrían entre jams, pintura, desayunos en la terraza, habíamos conseguido el pase mágico para tocar en el subte (metro) y eso había sido el primer paso de lo que años antes había sido una utopía, y que por aquellos días empezaba ser real, que nos paguen por jugar; ir al metro, armar un escenario entre aguayos y telas catalanas, instrumentos de diferentes culturas, Alex tenía el don de siempre hacer cosas muy poderosas y siempre las hacía hermosas además, entonces solo quedaba confiar, yo estaba a veces dubitativa y aveces o por momentos me convertía en música. Mi experiencia musical de aquel entonces la verdad no era mucha, pero era riquísima, poder compartir jams en Argentina, en Bolivia, en South Africa, aprender de ritmos, la guitarra que costaba pero al ultimo le iba agarrando la mano, el didge vino solo, como del cielo, un día sabía tocar, al otro ya podía hacer la respiración infinita o circular, yo quería todo me acuerdo, quería poder cantar de una vez, tocar el cajón, la guitarra, el didge, todo, iba despacito pero caminaba mi idea de ser música.

Había empezado también a escribir, le había hecho a Alex un pequeño librito de poesías y eso dió pie a que empezara a plantearme la idea de escribir un poco más, (en esa época descubrí mi amor por un tal Julio Cortázar), y pintar, si pintar, cómo me gustaba, le ponía color a todo lo que agarraba, el invierno era lento y mediterráneo, a veces iba para el parque Güell, a buscar un poco de aire, de árboles, de verde, aunque me fastidiaba con la enorme cantidad de turistas, pero si tenía suerte me encontraba con personajes como aquel Pepe Corominas de 81 años, que con entusiasmo me hablaba de la segunda guerra mundial, del decadente Franquismo y de su oposición a la liberación de Catalunya del Reino de España.

A veces me sentía sola, no tenía por aquellas épocas muchas amigas, y la verdad que me había pasado los primeros meses encerrada en casa, armando un templo que me cobijara, del invierno, del smog y de la gente robot de la ciudades modernizadas, también recuerdo haber hecho algún dinero mínimo posando para una escuela de pintura, como modelo viva, no era divertido, pero me gustaba observar mis pensamientos mientras la inmovilidad de mi cuerpo me pedía gritos bailar, correr, caminar, era una gran manera de entender mis procesos, por esas épocas también había empezado mi biología a desear procrear, pero yo lo ocultaba pidiendo un animal que venga del cielo, mucha de la gente de nuestro alrededor y de nuestra edad estaba en ese plan, pero nosotros después pensábamos en viajar, en los tours que se venían, en lo frescos que estábamos y se pasaba la idea.

No si si me acuerdo de algo más, tengo siempre presente el olor a palo santo y a incienso, el ruidito que hacía la cabeza del Budhita cuando decía si, alguna que otra cucaracha en la cocina, dos latas de cerveza sin alcohol en la heladera (refrigerador) que hasta el día de hoy todavía están.

Y lo último y como no nombrarlo, en esas épocas nos zambullimos en el mundillo de los micrófonos abiertos, habían cambiado las normas y se podía hacer música en los bares, y como no nombrar al gran Moraima, una galería de arte en la que en pocos meses fuimos sientiéndo esa magia de cada martes, de crecer viendo a múltiples artistas, el maguito Castro como olvidarlo, el gran Quico, los 7 actores en busca de autor, y la magia de lo fresco, del compartir los sueños y hacerlos realidad saltando al vacío cada vez, y sintiendo ahi al público que no te dejaba caer, que te ayudaba a seguir creyendo, el Moraima en esas épocas me vio por primera vez cantar una canción, la vergüenza que sentí fue intensa y al mismo tiempo ese sentimiento de abrirme una puerta, salir del personaje y entender que había mucho que practicar, pero que había encontrado un lugar para jugar.

El Moraima me ayudó a salir de mi zona de confort, para pararme enfrente de la gente y leer algún relato, algún poema o escrito, que por aquellas épocas habían empezado a emerger de mi, creo que ya lo conté, es que ya no me acuerdo que dije y que no entre tantos buenos recuerdos.

Así se vivió en aquella época, estábamos convencidos que podíamos cambiar algo, nuestra percepción, y que podíamos crear una nueva realidad.

 

 

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